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SIMPLE PLAN

lunes, mayo 5

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La primavera número dieciséis se le escapaba como todas las anteriores. El sol brillaba cada día un poquito más y con lo que hace unos meses soñaba ahora ya ni se conformaba. Yo diría que todos aquellos que mueren rodeados de muchos, mueren sin saber quién valía la pena y quien no. Y yo voy por mi primavera número dieciséis, cualquiera se reiría de mis ganas de tener ya claro quiénes son los de verdad. A veces un simple chico en un coche amarillo puede sacarnos un poquito del vacío. O a veces alguna pequeña señal de esas que solo nosotros captamos. Luego están aquellos que deberían ser nuestro pilar, nuestra escalera para salir del agujero negro... Y acaban siendo el empujón que nos hunde aún más.
Siempre he creído que tiempo al tiempo para todo, y aún así esperar es una de las peores palabras que existen. Esperar. Porque al final nos pasamos la vida esperando a la muerte. Y eso significaría que esperar es algo horrible, un desperdicio, una pérdida total. O tal vez significa que esperar es algo precioso, que esperar es vivir. Que esperar es cada mañana, todos los veranos, las dieciséis primaveras que llevo... Esperar es ponerme faldas, cuando por fin hace tiempo de pantalón corto, los últimos esfuerzos, las tardes en la parada de metro, los polos rosas y amarillos, los bancos, las navidades y el café. Esperar es la rutina, esa de la que nos quejamos sin saber que sin ella estaríamos muertos.
Sin Plaza Castilla o Blasco, sin Entrevías o Pinar de Chamartín, sin Nuevos Ministerios o las calles pequeñas hasta la academia. Sin los viernes acostumbrados, sin las sopresas de un puente o los cambios preciosos.
La verdad, no quiero ni pensar qué escribiré durante la primavera número diecisiete, pero espero acordarme de leer esto de nuevo.
Esperar es vivir. Y para cada momento, vale alguien distinto.

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